miércoles, 27 de agosto de 2008

Personajes: Ariadna Tirisluna Tempestas


Luna y Lareth



(Escribe Draften)

En algún lugar cercano a Morwell existía un pequeño reino élfico, conocido como Lessender. Este era un lugar pacífico, de abundante vegetación, húmedo, hermoso a la vista. Este pequeño paraíso era gobernado sabiamente por una familia real que años atrás había hecho un pacto con los dioses del Viento para poder bendecir la tierra en la que vivían. Así, todos los años las cosechas eran excelentes, nunca faltaba el alimento, habían excedentes que les permitían comercializar con otros pueblos. De esa forma, el reino prosperó gracias al control del clima que tenía esta familia.

Una vez sola un ejército invasor de Morwell atacó este reino para hacerse con las cosechas. Fue repelido por la Reina, conocida como la Dama de los Cuatro Vientos. Esta mujer, una maga imponente, había sido bendecida con el don de negar toda magia a voluntad, con lo cual devastó los ejércitos enemigos antes de que estos llegaran a su reino.
Tras esta guerra se firmó una paz, que obviamente, duraría un buen tiempo hasta que los codiciosos elfos de Morwell, arrogantes ellos, quisieran para sí el poder de la Dama de los Cuatro Vientos.
Brevemente fueron mezclándose con los habitantes de la ciudad, y en unas cuantas décadas, la mayoría del Reino era habitado por elfos de Morwell. Así, la línea real terminó juntándose con ellos y al final de unos cientos de años, la ciudad se convirtió en una dependencia de Morwell con cierta autonomía.

Pero la codicia por el poder todavía existía. Así, los elfos de Morwell descubrieron que la Dama de los Cuatro Vientos había ido cambiando durante los años, que sólo una podía serlo, y que al nacer la nueva moría la vieja. Y que mucha de su fuerza era por los sacerdotes del viento que tenía el Reino. Descubrieron que el poder de absorber magia sólo podía ser sostenido por una persona, que debía ser una mujer específicamente. Comprendieron que los vientos favorecían a esta persona, y que sólo en la familia real se mantenía el don.

Y fue sólo cuestión de esperar para poder hacerse con el poder.

En un año, la Madre Tempestas, engendró tres hijas (trillizas): Kaelis, Galatea y Ariadna, la última, Ariadna Tirisluna Tempestas, era la que llevaba el don. La más pequeña iba a heredar el trono. Pero nunca supuso que su paz no llegaría nunca.

Al morir la antigua Dama de los Cuatro Vientos, y con Ariadna, ya apodada por su familia y amigos como Luna, dedicada al desarrollo de su don y al entrenamiento formal de la Real Orden del Céfiro, el pater de la familia buscó asegurar el futuro de sus hijas. Sabía que la joven Luna era la más codiciada, pero el tema del don se manejaba con extremo celo dentro Lessender, después de todo era un asunto exclusivo de la familia Tempestas. Además, el hecho de que las tres hijas hubieran nacido juntas sólo servía para que nadie sepa quién era la verdadera nueva Reina.

Lessender, dadas las excelentes condiciones climáticas del lugar, era un polo de atracción para colonos de todas partes, y no tardaron en llegar distintos trabajadores de la tierra de otras razas. Así, pese a los reclamos de las antiguas familias, el padre Tempestas cuidaba a sus colonos.

Un día, el noble Allain Dolwen, sobrino de la reina Alessia de Morwell y posible candidato al trono, se presenta a la familia. Con el paso del tiempo, un sólido amor se da entre Luna y él. Para ella era como un cuento de fantasía, uno de esos relatos de amor perfecto que muchas veces los bardos cuentan. El casamiento se da naturalmente y Luna pasa a vivir con Dolwen.
No obstante, como en los cantos de los bardos, las cosas siempre son más trágicas que hermosas. Varios nobles de Morwell, con el auspicio de algunas de las familias terratenientes de Lessender, encuentran la excusa perfecta para destruir a la familia Tempestas: acusar al Pater de cobijar a ladrones y asesinos humanos en su ciudad, tras el intento de asesinato cometido contra Alaia, la hija de la Reina Alessia y heredera al trono perpetrado por un grupo de asesinos humanos.
Mandan soldados a capturar a los sobrevivientes y en el interín, la conjura continúa y despachan a varios nobles aliados al Pater Tempestas, que termina siendo capturado.
Un juicio se produce entonces, Dolwen asume el rol de defender a su suegro, y de paso su reputación, al ser el mismo juzgado por el intento de asesinato para lograr un ascenso al trono. La defensa es muy buena, Dolwen logra probar su inocencia pero no logra desbaratar la conjura contra su suegro; la cabeza real de la familia Tempestas es ejecutada.
De esta forma, Dolwen asciende al trono de Lessender al estar casado con la futura Dama de los Cuatro Vientos. Pero como todavía se desconoce quién es la nueva Dama, por las extremadas reglas de cautela con el asunto, sólo asume nominalmente al ser el único hombre entre las tres hermanas.

Al poco tiempo, una extraña mujer eladrin se muda a la convulsionada Lessender. La gente, si bien apoya a Dolwen, trata de evitar todo contacto con los traidores Tempestas. Públicamente la alianza con la familia es totalmente deshonorable. Esta mujer, la nueva amante de Dolwen, empieza a influir en la mente del príncipe, que para esos entonces se vuelve violento y malhumorado al ver como se esfuman sus oportunidades de ascenso al estar emparentado con una familia traidora.
Kaelis y Galatea, al empezar a ver que una nueva conjura se trama contra la familia, toman una medida extrema: una se irá a tratar de establecer pactos con los humanos, y la otra aceptará ser la Dama de los Cuatro Vientos para engañar a los magos de Morwell, de donde las noticias llegan con indicios de querer "atesorar" el don de la familia.

Galatea es capturada por los magos de Morwell y Kaelis huye.

Dolwen, acorralado por su alianza con una familia de traidores, ya no tiene opciones, debe deshacerse de Luna. Para ello, la encierra en un sótano de su palacio, solamente con la ayuda de uno de sus pajes, el joven Lareth Galad Shezar, muy buen amigo de Luna. Para esos entonces, la joven meditaba la decisión de irse, la violencia de Dolwen iba en aumento y el amor había muerto hace tiempo.

Los constantes fracasos políticos repercutían en Dolwen, quien descargaba su ira y su odio en su "esposa", de la cual se decía que se había suicidado; claro está que nadie sabía que estaba prisionera. La única forma de Luna de aguantar este suplicio fue a través de Lareth, que por su condición debía asistir a su señor, pero cuidaba a su amiga. En este periplo, que duró unos interminables cinco años, Luna fue violada por el príncipe, un miserable cobarde que se vendía como un adalid de los valores y buenas costumbres y era un despreciable ser. Y ella se convirtió en su esclava personal, la escoria con la que él realizaba sus más turbias perversiones: Él la vejó, la golpeó, la laceró, la lastimó, torturó de muchas formas. Hasta le arruinó toda posibilidad de dar a luz. Pero él la odiaba y la amaba por lo que ella fue, su odio trastocaba cuando quería dominarla en su espíritu y no lograba quebrantarlo. Siempre se le clavaba la frase de la joven: "Sólo tengo mi vida para acabar con la tuya, nunca te perdonare esto que has hecho"

A Luna también la ayudaba el maestro de armas de Dolwen. Este hombre, cuyo nombre era Telien, un antiguo pariente lejano del príncipe, que si bien nunca se llevó con él, optó por mudarse a Lessender cuando su pueblo, fronterizo con los bosques que luego serían Taras, fuera arrasado y su familia aniquilada, que había intuido la verdad y entrenaba a Luna en los momentos en que Dolwen y su consejera partían para Morwell. Para Telien, Luna era el fiel reflejo de la sonrisa inocente de su hija al ayudarlo con la cosecha, al iluminar su rostro cada mañana. Él no iba a arriesgar a la familia de Lareth y a generar un caos que terminará con inocentes muertos, pero tampoco iba a dejar a la muchacha sola.

La heredera del don estaba capturada, imposibilitada de fugarse. Soldados custodiaban a la familia de Lareth, lo que evitaba que el paje liberara a Luna. Pero un día terrible llega: Dolwen, furioso por vaya a saber que nuevo fracaso político, abusa de la joven violentamente. No sólo la posee, la destroza a golpes, más de lo que habitualmente hace. Lareth, acongojado, no sabe como actuar, pero si el Maestro de Armas. Ambos fingen un "secuestro", y Lareth huye con Luna al pueblo humano, junto con su familia.

El maestro de Armas, pronto a huir también, cae capturado por los guardias del Palacio. El mismo Dolwen se encargó de ejecutarlo por traidor. Pagó con su vida su pecado, pero esa muchacha, que secretamente le recordaba a su hija, era libre.

La joven Luna logró volver a lo que quedaba de su casa y recuperar la espada, escudo y armadura de la familia. Así, Luna y Lareth huyen a tierras humanas. Ella quiere varias cosas: liberar a sus hermana, buscar una cura al daño que le había hecho ese cobarde para poder dar a la luz (aún sabiendo que así podría pasar el don y morir), redimir la conjura y el honor familiar y principalmente, arruinar todo sueño de ese miserable, matarlo de la peor forma, lastimarlo como la criatura vil que era. Cobrar venganza, a cómo dé lugar...

lunes, 25 de agosto de 2008

Personajes: Alexia



Alexia era la hija menor de tres hermanos. Su hermano mayor Sergis era su protector sobre todos los demás y la quería como a ninguno. Él sería el heredero del clan al morir su padre. Cabellos negros, ojos grises como los de su progenitor y un gran don para manejar las armas. La segunda hija, Amelia, era el vivo retrato de su madre, el cabello rubio, los ojos verdes, su belleza era incomparable a cualquiera de las mujeres de su pueblo. Alexia era, como suele ocurrir, la más mimada, el cabello rubio le caía largo sobre la espalda pero tenía los ojos grises de su padre.
Nació en el seno de una familia feliz, y se crió entre los muchachos de su edad. Su hermano la entrenó en el arte de la espada y la magia como debe ser a toda protectora del orden, fiel a la diosa Asagoth. Y si bien no destacaba por su belleza, al igual que Amelia, sí se destacaba por su poder. Todos predecían que al crecer ella sería la más poderosa en la familia.
Amelia se casó cuando ella tenía diez años. Grande fue la fiesta y todos decían que Amelia ese día irradiaba más luz que el mismo sol, pero quienes la conocían podían ver cierta tristeza en sus ojos. Alexia había estado jugando toda la fiesta, los niños podían jugar a sus anchas y nadie los molestaba ya que los adultos estaban muy ocupados conversando y comiendo. El marido de Amelia tenia de sirviente a un muchacho, su nombre era Lance. Todos se sorprendían al verlo porque él era diferente. Pero Alexia no era como los demás, a ella le intrigó y le sorprendió que él estuviera solo. Así que se acercó a hablarle.
-Hola ¿quieres jugar conmigo?- le preguntó
-¿No tienes miedo de mí?
-No, ¿Por qué tendría que tenerlo?
-Porque yo no tengo alas como ustedes.
-No necesitas alas para poder jugar- le sonrió.
Lance y Alexia jugaron juntos todo el día de la boda. Al finalizar el evento Alexia se había divertido tanto que no quería decirle adiós. Cuando su hermano la llamó para irse las lágrimas rodaron por sus rosadas mejillas.
Su padre la vio llorar junto a ese niño y se enfureció.
-¿Qué le has hecho?- le dijo y lo golpeó tan fuerte que el pobre Lance cayó sentado al suelo, pero no dijo nada.
-¡Papá! No le hagas daño, él no me hizo nada.
-¡No quiero volver a verte cerca de mi hija!- le advirtió. Tomó a Alexia de la mano y la arrastró hacia el carruaje que los llevaría a su hogar. Dentro ya la esperaba su madre.
-¿Por qué lloras Alexia?- le preguntó ella dulcemente.
-Por que ya no voy a poder volver a jugar con Lance.
Su madre la abrazó y la consoló, no así su padre que era muy severo y terminante en sus decisiones.
Pero Alexia y Lance volvieron a verse. Alexia iba a pasar el verano a la casa de su hermana y ella era cómplice de sus constantes escapadas al bosque. Ella sabía que él era un buen muchacho y no les prohibía verse. Pasaron cinco años y se vieron cada verano, pero al siguiente Lance ya no se encontraba allí. Grande fue la desilusión de Alexia quien preguntó a su hermana adónde había ido. Ella le respondió que no lo sabía. El pequeño Samuel, su sobrino, jugaba en la falda de su madre.
-Dime la verdad Amelia ¿papá tuvo algo que ver en esto?
Ella no le respondió pero sus ojos no mentían. Era evidente que su padre había tenido que ver en la desaparición de Lance. Cinco años más pasaron, ninguna noticia tuvo de él todo ese tiempo. Su vida continuó igualmente, pero jamás olvido a su mejor amigo de la infancia.
La relación con su padre se enfrió mucho luego de que Lance se marchara. Ella lo comprendía, pero no aceptaba su forma de pensar. Para ella Lance nunca fue diferente, pero para su padre parecía equivaler al mismo demonio.
El tiempo pasó y Alexia se convirtió en una mujer, varios fueron los que pidieron su mano y su padre la cedió a un general del ejército. Ni siquiera sabía su nombre y ya era su prometido. Y si la relación con su padre antes se había enfriado, en ese momento se congeló.
-No me casaré- fue su rotunda negativa.
-Tú harás lo que yo digo, y no se hablará más del asunto!- le dijo enfurecido.
Y si bien Alexia nunca lo había desobedecido esta vez decidió seguir lo que dictaban sus propios pensamientos. Si algún día se casaba sería ella la que elegiría con quién. Ese día tomó algunas de sus pertenencias y escribió una carta a su madre.
“Sé que te pondrás triste al leer esta carta. Perdoname pero no voy a obedecer a mi padre. No quiero seguir los pasos de Amelia y no me casaré sin amor. Quiero ser feliz y ahora soy feliz estando sola. No quiero atar mi vida a la de una persona que ni siquiera conozco. No llores por mí, prometo que volveré algún día a casa, no sé cuando será, quizás cuando mi padre ya no tenga poder sobre mí o esté con la persona que realmente ame, sea quien sea. Quiero que sepas que te quiero mucho y aprecio todo lo que hiciste por mí. Adiós”
Y mirando por última vez el castillo, salió hacia el paso atravesando las murallas de la ciudad.